El bus de lux que nos trae a esta ciudad estaba recién estrenado: viajamos cada una en un asiento sobre los plásticos protectores… un caló de achicharre. Durante seis horas el pasillo fue un trasegar de personas que subían, bajaban a mear, a hacer sus ofrendas o sus compras. Alrededor del conductor, dieciocho viajeros compartían el asiento del copiloto.
A la maharahá 5 se le sentaron encima una anciana y un niño. Ella, que se adapta perfectamente a lo inesperado, ni siquiera pestañeó.
JODHPUR DESDE EL FUERTE MEHRANGARH
Seis horas más tarde el bus nos dejaba en la raya continua de una gasolinera. Cogemos los correspondientes tuk-tuk, esta vez negociamos de lujo, y nos llevan hasta nuestro hotel azul. Porque Jodhpur es azul sobre todo si miras al cielo o a algunas azoteas, ya que el asfalto está plagado de detritus que dejan allí mismo para el alimento de vacas, perros y otros animalitos de dios.
Transitar por la calle principal es un ejercicio de funambulismo, vamos mezcladas las personas, las motos, los tuk-tuk, las vacas, los perros… sin que haya zonas delimitadas para unos u otros.
FUMADOR DE OPIO EN EL FUERTE MEHRANGARH
No hay apenas turistas, sitios donde tomar un té o calles acondicionadas para los occidentales. Eso sí, no le falta el fuerte, el palacio ni los cenotafios, todos mu bonitos de ver.
LA TRANQUILIDAD DE NUESTRO BARRIO
La noche nos sorprende con una visita inesperada: hoy es el cumpleaños de Ganesha, que cumple cuatrocientos años y cerca del hotel han preparado una fiesta gastronómica. La maharahá 4 ha tenido la suerte de conocer personalmente a uno de sus vehículos que aparcó en la puerta de nuestras habitaciones.





